La importancia de la DIGNIDAD
La dignidad no es un concepto abstracto. Es el último refugio de las víctimas cuando todo lo demás les ha sido arrebatado.
Cuando un terrorismo tan atroz como el de ETA siega 829 vidas, no solo mata cuerpos: destroza familias enteras. Les arranca un padre, una madre, un hijo, un hermano. Les deja un vacío que nunca se llena. Y luego, como si el crimen no fuera suficiente, viene la segunda puñalada: la indignidad. Esa que consiste en que las mismas instituciones que deberían protegerlas las ignoren, las minimicen o, peor aún, las obliguen a convivir con los verdugos como si nada hubiera pasado.
La dignidad es, precisamente, lo que impide que el terrorismo cause todavía más daño. Es el escudo que protege a las familias para que el dolor no se convierta en humillación permanente. Porque no basta con que los asesinos paguen en la cárcel (cuando pagan). Hace falta que la sociedad y el Estado les digan a las viudas, a los huérfanos, a los padres y madres: “Vuestro sufrimiento es sagrado. Vuestro duelo no se negocia. Vuestro respeto es intocable”.
La dignidad cumple tres funciones esenciales:
- Evita la victimización secundaria. Las familias no solo perdieron a sus seres queridos. Han tenido que soportar que se les llame “revanchistas” por pedir justicia, que se les acuse de “obstaculizar la paz” por negarse a sentarse con etarras, o que se les borre de los homenajes oficiales mientras se rinden honores a Otegi o a los presos excarcelados. La dignidad es el derecho a que su dolor no sea instrumentalizado por ningún partido, ni utilizado como moneda de cambio en negociaciones políticas.
- Exige respeto institucional y social. Dignidad significa que un alcalde de Bildu no pueda izar la ikurriña en un ayuntamiento donde aún se llora a un concejal asesinado. Significa que un ministro no pueda llamar “política de acercamiento” al traslado de etarras a cárceles vascas mientras las madres de las víctimas ven por televisión cómo sus verdugos salen antes de tiempo y son recibidos como héroes. Significa que en los libros de texto, en los medios y en los actos oficiales se hable de las víctimas con mayúsculas y de los terroristas con la repulsa que merecen. Sin eufemismos. Sin “conflicto”. Sin equidistancia.
- Preserva la humanidad de la Nación. Una España que humilla a las familias de sus muertos por defenderla es una España que se degrada a sí misma. La dignidad de las víctimas es la dignidad colectiva de todos los españoles. Cuando se respeta a la viuda de un guardia civil asesinado, se está respetando el uniforme que todos llevamos dentro. Cuando se honra al padre de un niño al que ETA dejó huérfano, se honra la Patria que ese niño representaba.
Sin dignidad, el terrorismo gana dos veces: en la tumba y en la memoria. Con dignidad, las familias no solo sobreviven al horror: lo vencen. Se convierten en testigos vivos de que España no se arrodilló.
Por eso este libro, por eso mis portales, por eso cada palabra que escribo y cada acto que promuevo: para que las familias de los 829 sientan que no están solas, que su dolor es reconocido, que su exigencia de respeto es legítima y que nadie —ni gobierno, ni partido, ni tribunal europeo— tiene derecho a pisotearla.
La dignidad no se mendiga. Se exige.
Y se exige en nombre de los que ya no pueden hablar.
DIGNIDAD ETERNA PARA LAS FAMILIAS DE LAS VÍCTIMAS DEL TERRORISMO ETARRA.
¡Basta de humillaciones!
¡Basta de indultos disfrazados de paz!
¡Respeto total o nada!
Porque mientras una sola madre tenga que ver a un asesino paseando libre por su pueblo, la batalla no ha terminado.
¡Por ellos y por sus familias!
¡Con dignidad o no somos nada!
¡Viva España!
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