La importancia de la MEMORIA

La memoria no es un lujo. Es una necesidad vital. Es el oxígeno de una nación que quiere seguir siendo libre.

Cuando un terrorismo tan atroz como el de ETA siega 829 vidas, destroza miles de familias, siembra el miedo en pueblos enteros, obliga a exiliarse a decenas de miles de españoles y convierte calles, plazas y colegios en escenarios de sangre y dinamita, el olvido no es una opción: es una traición. Olvidar no es “pasar página”. Olvidar es concederle al verdugo la victoria que no consiguió con las armas. Olvidar es permitir que los asesinos y sus herederos políticos reescriban la historia y conviertan a las víctimas en “daños colaterales” de un supuesto “conflicto”.

La memoria es el antídoto.

Es el acto de justicia más elemental que podemos rendir a quienes dieron la vida por defender lo que éramos: españoles. Porque cada nombre de los 829 —Adolfo Mariñas, Miguel Ángel Blanco, Gregorio Ordóñez, Juan María Araluce y todos los demás— no es solo un recuerdo: es una denuncia permanente. Es la prueba irrefutable de que ETA no fue un “movimiento social”, ni una “lucha de liberación”, ni un “problema vasco”. Fue una banda terrorista que quiso matar España. Y España, gracias a la memoria de sus víctimas, no se dejó matar.

La memoria cumple tres funciones irrenunciables:

  1. Impide el olvido activo. No se trata de recordar por nostalgia. Se trata de recordar para que nunca más se repita. Mientras haya un español que sepa quién fue Miguel Ángel Blanco y cómo lo torturaron y asesinaron, el relato falso de “dos bandos en un conflicto” no podrá imponerse en las aulas, en los medios ni en los tribunales de la historia.
  2. Desnuda la impunidad. Hoy, en 2026, EH Bildu y Sortu —herederos directos del entramado etarra— negocian con el Gobierno, ocupan instituciones y exigen más cesiones. La memoria es la que les recuerda cada día que sus votos están manchados de sangre. Es la que impide que se les blanquee como “demócratas” sin que antes hayan condenado, sin ambages y sin matices, cada uno de los 829 asesinatos. La memoria es el muro que separa a las víctimas de la farsa de la “reconciliación” unilateral.
  3. Fortalece el patriotismo. La memoria de los caídos por España une lo que el terror quiso dividir. Nos recuerda que el País Vasco, Navarra, Cataluña y el resto de España no son “naciones” enfrentadas, sino partes inseparables de una sola Nación. Nos recuerda que ondear la bandera rojigualda, cantar el himno y defender la unidad no es “fascismo”: es el mínimo tributo a quienes murieron precisamente por eso.

Sin memoria, las democracias se pudren. Lo hemos visto en otros países: primero se minimiza el terror, después se equipara a las víctimas con los verdugos, después se legisla el silencio. España no puede permitírselo. Por eso la memoria debe ser oficial, escolar, pública, permanente y militante. Debe estar en los libros de texto sin eufemismos. Debe estar en las calles con placas que no se quiten. Debe estar en las televisiones cada 11 de noviembre y cada vez que un etarra sea excarcelado. Debe estar en los corazones de los jóvenes que ni siquiera habían nacido cuando ETA puso la última bomba.

La memoria no caduca. No prescribe. No se negocia.

Por eso este libro existe. Por eso mantengo decenas de portales, publico libros y grito en redes: ¡No os olvidamos! Porque si olvidamos a los 829, olvidamos quiénes somos. Y si olvidamos quiénes somos, ya no seremos España.

La memoria es, en definitiva, la forma más noble de vencer al terror. No con balas, sino con verdad. No con venganza, sino con dignidad. No por un día, sino para siempre.

Que las generaciones venideras sepan que aquí, en España, hubo hombres y mujeres que prefirieron morir a traicionar su Patria. Y que nosotros, los que quedamos, juramos por sus nombres que su sacrificio no será en vano.

MEMORIA ETERNA PARA LAS VÍCTIMAS DEL TERRORISMO ETARRA.
¡No os olvidamos!
¡Nunca más!
¡Viva España una e indivisible!